En el argot marino se le llama “viento en popa” a ese que sopla hacia el mismo punto al que se dirige la embarcación. La misma expresión se utiliza en el habla común para decir que las cosas van bien, que la suerte nos acompaña en nuestros quehaceres.

El “viento de proa” es lo opuesto: es aquel que sopla en dirección contraria al navío, dificultando su avance o, de plano, haciéndolo retroceder. Algo así está ocurriendo con el rumbo que el capitán Andrés Manuel había trazado para su proyecto de transformación: los aires cambiaron, pero él no lo advierte.

El jueves de la semana pasada, el presidente López Obrador terminaba su conferencia mañanera comentando con asombro el estímulo adicional de 1.9 trillones de dólares que Estados Unidos aplicó para ayudar a paliar los efectos económicos de la pandemia: “Ellos le inyectan dinero a la economía de una manera nunca vista (…) Lo que están destinando a la economía es el equivalente como a ocho años del presupuesto nacional, nada más el adicional.”

Tiene razón nuestro presidente, 1.9 trillones de dólares es mucho dinero. Pero eso no es todo lo que el gobierno de Joe Biden tiene pensado invertir como parte de su plan de recuperación. La apuesta fuerte del nuevo presidente de Estados Unidos será invertir entre 3 y 4 trillones de dólares en energías limpias y combate al cambio climático.

Mientras aquí el gobierno apuesta por una refinería y se pelea con los principales actores del sector energético, en el país vecino destinarán una cifra récord para renovar su infraestructura, siguiendo la filosofía de que el futuro para crear empleos de calidad es la transición hacia una economía que no esté basada en la quema de petróleo, gas ni carbón.

El mensaje de Biden es muy claro: la recuperación económica de Estados Unidos está completamente ligada a la lucha contra la crisis climática. Su estrategia es disparar la industria de las energías renovables con ellos a la cabeza. Altos funcionarios de su administración han dicho que ven como algo “inseparable” evitar el calentamiento catastrófico y buscar el dominio estadounidense de las industrias de alto crecimiento del futuro (como la manufactura avanzada de baterías y los vehículos eléctricos).

¿Cómo afecta esto a los planes de López Obrador? ¿Habrá alguna modificación en sus políticas? ¿Buscarán que México sea socio de este esfuerzo o seguiremos remando en dirección contraria?

Hasta ahora el argumento principal de López Obrador para justificar sus decisiones más controversiales en materia energética, ha sido que los términos de los contratos otorgados por las administraciones anteriores a empresas extranjeras favorecen ampliamente a los intereses de los privados, pero son perjudiciales para el erario.

Podemos estar de acuerdo en la defensa de la soberanía de nuestros recursos naturales o en la importancia estratégica de que sea el Estado Mexicano el encargado de controlar la industria energética. En lo que no podemos coincidir, es en el retroceso que representa quedarnos anclados a un modelo de producción de energía que, además de pertenecer a otro siglo, resulta dañino para la salud de la población y terminará por destruir el medio ambiente.

Los vientos cambiaron y soplan en contra. Si no ajusta las velas, el buque de la 4T compartirá el mismo destino que el barco de Rimbaud: el naufragio.