Víctor Hugo Islas Suárez 

Hace 421 años, un día de febrero del año 1600, tuvo lugar en Roma un acontecimiento dantesco, cientos de personas se reunieron en el Campo de las Flores (Campo dei Fiori), para ver morir en la hoguera a Giordano Bruno por orden de la Santa Inquisición.

Filippo Bruno, que a los 15 años cambiaría su nombre de pila a Giordano, era un hombre religioso de la orden de los dominicos que también escribía poesías y piezas de teatro, además de dedicarse a la filosofía y la teología, nacido en 1548 en Nola, Nápoles, acabó quemado en la hoguera por haber desafiado a la Iglesia e ir en contra de las ideas vigentes en aquel entonces como, por ejemplo, negar que la Tierra era el centro del universo, la sentencia de muerte la impuso unos días antes de la quema pública el papa Clemente VIII, que le dio a Bruno la opción de renunciar a sus ideas y arrepentirse para salvarse, pero, según escritos de la época, Bruno hizo más bien lo contrario, cuentan que mientras ardía en la hoguera, todavía tuvo fuerzas voltear la cara para rechazar un crucifijo que alguien le puso enfrente.

Predicaba que el universo era infinito, que no tenía un único centro y estaba lleno de mundos habitados como el nuestro, también decía que además de Saturno (el planeta conocido más lejano a la Tierra en aquel entonces), había otros que giraban alrededor del Sol, el descubrimiento de Urano, en 1871, por William Herschel; Neptuno, en 1846, por Johann Galle y Plutón en 1930, por Percival Lowell demostraron que no se equivocaba.

Bruno tenía también una concepción materialista de la realidad, según la cual todos los objetos se componen de átomos que se mueven por impulsos: no había diferencia, pues, entre materia y espíritu, de modo que la transmutación del pan en carne y el vino en sangre en la Eucaristía católica era, a sus ojos, una falsedad. Como Bruno no dudaba en mantener acaloradas discusiones con sus compañeros de orden sobre estos temas sucedió lo que cabía esperar: en 1575 fue acusado de herejía ante el inquisidor local. Sin ninguna posibilidad de enfrentarse a una institución tan poderosa, decidió huir de Nápoles.

Aquellos que le acusaban de hereje eran cada vez más y en 1586 tuvo que huir de París después de escribir unos artículos insultando a los funcionarios y miembros de la Iglesia y reafirmando sus ideas.

Sin un lugar a donde ir, Bruno decidió volver a Italia después de 15 años, fue el peor error de su vida, el “noble” Giovanni Mocenigo, con la excusa de que Bruno fuese su profesor, lo invitó a su casa, pero acabó entregándolo a la Inquisición veneciana, ante el tribunal, el teólogo dejó de lado la arrogancia y la soberbia que lo habían caracterizado todos estos años por primera vez, pero ya no le sirvió de nada.

El 17 de febrero, a las cinco y media de la mañana, Bruno fue llevado al lugar de la ejecución, el Campo dei Fiore, los prisioneros eran conducidos en mula, pues muchos no podían mantenerse en pie a causa de las torturas; algunos eran previamente ejecutados para evitarles el sufrimiento de las llamas, pero Bruno no gozó de este privilegio, para que no hablara a los espectadores le paralizaron la lengua con una brida de cuero, o quizá con un clavo.

Bruno dijo: «El miedo que sentís al imponerme esta sentencia tal vez sea mayor que el que siento yo al aceptarla».