• El nuevo coronavirus es una piedra en el camino, mas no es un obstáculo insalvable para materializar el desarrollo nacional.

Jorge Fernández

La crisis provocada por la COVID-19, además de económica y sanitaria, es de credibilidad. La verdad vive hoy un encrucijada. La razón está siendo obnubilada por información de fuentes que, carentes de toda ética, enciende la pasión de personas que sufren por los estragos del nuevo coronavirus. Estados Unidos se ha volcado en una campaña que busca monopolizar la verdad de las cosas y menoscabar los trabajos de Beijing. China escucha con gran pesar una narrativa que busca omitir deliberadamente que el país entero se ha entregado en cuerpo y alma a salvar vidas, y a mantener la vitalidad económica tanto en su territorio como en el mundo entero. Hoy, aprovechando el Día del Trabajo, bien vale la pena hacer una reflexión sobre las acciones y resultados de China en los tiempos del Gran Confinamiento.

A finales de invierno y principios de primavera, el pueblo chino dio muestras al mundo de ser un ejemplo de disciplina social. De cara a rigurosas medidas de prevención y control, personas en cada rincón del país asumieron con responsabilidad el papel que les correspondía en medio de la propagación de un letal virus. A la lección de obediencia colectiva se suma la eficiencia con la que actuaron las organizaciones del sistema político nacional. En momentos de presión acuciante, poca información y tiempo limitado para salvar vidas, las instituciones nacionales respondieron con eficacia y prontitud, dejando en claro que están entre las mejores calificadas del mundo.

En contraste con el resto de los países, que hoy combaten a un enemigo conocido, China se constituyó como el primer frente de lucha contra un agresor nunca antes visto en la historia de la humanidad. Personal sanitario inició los trabajos de prevención y control, al tiempo que científicos trabajaban a marchas forzadas para entender al patógeno responsable de infecciones y muertes. En un contexto de gran complejidad, que requirió de enormes sacrificios, la dirigencia nacional, las instituciones del sistema político y el pueblo chino actuaron homogéneamente y con una sola voz para encarar con rapidez y habilidad el embate del nuevo coronavirus.

El país entero trabajó en coordinación con la OMS y con científicos de todo el mundo, incluidos reconocidas figuras estadounidenses, para profundizar sus conocimientos y encontrar un plan de acción en aras de la humanidad. A la par de esto, China asumió con responsabilidad el papel que su economía desempeña en un sistema internacional globalizado. No solo concentró sus energías en los trabajos de prevención y control, sino que también reanudó, en medio de la lucha contra la COVID-19, las actividades productivas que se habían visto paralizadas. La actividad industrial está operando en la medida que le es posible para mantener con vida las cadenas de valor y de suministro en los mercados internacionales.

La COVID-19 ha tenido un impacto violento en todas las economías del planeta, y la de China no ha sido la excepción. En el primer trimestre de este año, el PIB chino se redujo 6,8 por ciento en relación con el mismo periodo del año anterior. Ahora, con la producción nacional encaminada a alcanzar el nivel anterior a la pandemia, las proyecciones son optimistas para el segundo trimestre y para el resto del año. Un factor crucial que podría restar ánimos a un primer entusiasmo es el comportamiento que tendrá en el mediano y largo plazo la recuperación de los mercados internacionales. Así como el combate al coronavirus demanda esfuerzos coordinados, la recuperación económica demanda una estrategia compartida para recuperar y vigorizar el comercio en la comunidad de naciones.

Los retos nacionales e internacionales para China revelan un periodo de gran complejidad en el futuro próximo. La debilidad de la economía global será sin duda el equivalente a un viento en contra para China, y en medio de esta situación, la demanda nacional jugará un papel activo en el fortalecimiento de la economía nacional, además de que determinará el ritmo y la velocidad de la recuperación en el terreno de la fabricación. China libra batallas simultáneas en los tiempos de la COVID-19, entre ellas la del alivio a la pobreza. Pese a las circunstancias que prevalecen en estos momentos, el presidente chino, Xi Jinping, ha mantenido activos los trabajos para cumplir la promesa de erradicar la pobreza extrema de China antes de que termine 2020.

Es innegable que la propagación de COVID-19 por China y por el mundo ha dejado una estela de muerte y destrucción económica. Pero también es innegable la unidad que atestigua China en estos momentos. El país opera como una entidad unida que trabaja con ahínco para revitalizar la construcción socialista y materializar plenamente los frutos de una sociedad modestamente acomodada. La pandemia, curiosamente, ha sacado a relucir la capacidad institucional china para mantener bajo la mira sus objetivos de desarrollo, al tiempo que la dirigencia despliega trabajos coordinados para suprimir variables que obstruyen los objetivos planteados en el proyecto de nación. El nuevo coronavirus es una piedra en el camino, mas no es un obstáculo insalvable.

China hace ingentes esfuerzos por mantener a flote y a salvo la seguridad propia y la ajena, bajo el principio de que todos habitamos el mismo planeta y que todos albergamos un futuro compartido. El desarrollo de una campaña que busca tiranizar a China y que intenta influir negativamente en la opinión pública mundial lacera el interés general de la humanidad y los sentimientos de una nación. Justicia para quien se la merece. El país asiático está sumido en la ejecución de tareas que buscan la felicidad de su pueblo y la construcción de un mundo mejor. ¡Que este Día del Trabajo sea un homenaje para aquellos mártires y héroes de China y del mundo que están entregándose a salvar vidas y a encarrilar rápidamente al mundo por el camino de la normalidad de las cosas!

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