Víctor Hugo Islas Suárez
¿Alguna vez te has detenido a pensar en lo antigua que es la cerveza? No me refiero a esa lata que tienes en el refrigerador, sino a la bebida en sí, a su historia, la cerveza es una de esas cosas que nos conecta con nuestros antepasados de una forma curiosa y deliciosa, es como si cada sorbo fuera una pequeña cápsula del tiempo, un brindis con los que vinieron antes.
Imagínate esto: hace más de 5,000 años, en las tierras fértiles de Mesopotamia, alguien dejó olvidado un poco de grano en agua, el calor, las levaduras salvajes, y el tiempo hicieron su magia, cuando volvieron, encontraron un líquido burbujeante, ligeramente embriagador. ¿Qué hicieron? lo probaron, claro, y así, sin saberlo, nació la cerveza, bueno, al menos esa es una de las teorías más aceptadas, lo cierto es que desde entonces, la cerveza ha estado presente en casi todas las culturas del mundo, lo más curioso es que en sus inicios, la cerveza no era solo una bebida para pasar el rato, era alimento, medicina y hasta moneda de cambio, en Egipto, por ejemplo, los obreros que construían las pirámides recibían cerveza como parte de su salario, y no era una cerveza como la que conocemos hoy: era espesa, turbia, más parecida a una papilla líquida que a una bebida refrescante, pero cumplía su función: nutría, hidrataba y alegraba.
Además, en tiempos donde el agua podía estar contaminada, la cerveza era una opción más segura, el proceso de fermentación eliminaba bacterias peligrosas, así que beber cerveza era, en cierto modo, una medida de salud pública, por eso, en muchas ciudades medievales, la cerveza era parte del menú diario, incluso para niños, claro, con menos alcohol, pero cerveza al fin, y hablando de ciudades, hay quienes dicen que la cerveza ayudó a fundarlas. ¿Cómo? pues al necesitar cultivos estables de cebada y trigo, las comunidades se volvieron sedentarias, ya no podían andar de aquí para allá si querían seguir produciendo su bebida favorita, así que se establecieron, construyeron casas, graneros, y eventualmente, ciudades, la cerveza como arquitecta de la civilización, suena exagerado, pero tiene sentido.
Ahora, si nos vamos a Europa, especialmente a Alemania, encontramos una historia fascinante: la famosa Ley de Pureza de 1516, o Reinheitsgebot, esta ley decía que la cerveza solo podía tener tres ingredientes: agua, cebada y lúpulo, nada de frutas, especias raras o ingredientes misteriosos. ¿Por qué? para proteger la calidad y evitar que los panaderos se quedaran sin trigo, esta ley duró siglos y moldeó el estilo cervecero alemán que conocemos hoy, pero no todo fue rigidez, en otras partes del mundo, la cerveza se mezclaba con lo que hubiera a mano: miel, frutas, hierbas, incluso ingredientes alucinógenos en algunas culturas, era una bebida viva, cambiante, adaptada al entorno y a la imaginación de quien la elaboraba.
Y luego está el tema de la temperatura, hoy en día, muchos no conciben una cerveza que no esté helada, pero en sus orígenes, se tomaba tibia, “al tiempo”, no había refrigeradores, claro, pero también era parte de la costumbre, incluso hoy, en algunos países europeos, se sirve a temperatura ambiente para apreciar mejor sus sabores, así que esa obsesión por lo frío es más cultural que esencial, la cerveza también ha sido protagonista de momentos históricos, durante la Revolución Industrial, por ejemplo, se convirtió en símbolo de la clase trabajadora, en los pubs británicos, se discutían ideas, se cerraban negocios y se tejían amistades, todo con una pinta en la mano, y en América, la prohibición la convirtió en objeto de deseo, en símbolo de rebeldía.
Hoy, vivimos una especie de renacimiento cervecero, las cervezas artesanales están por todas partes, con sabores que van desde el chocolate hasta el chile, hay cervezas para maridar con quesos, postres, carnes… ¡hasta con sushi! así que la próxima vez que tengas una cerveza en la mano, piensa en todo lo que representa, no es solo una bebida: es historia, cultura, ciencia, arte y, sobre todo, compañía, porque si algo ha demostrado la cerveza a lo largo de los siglos, es que sabe mejor cuando se comparte.
