En este momento, dos batallas están siendo libradas al mismo tiempo, de cuyo resultado mutuo depende nuestra salida de la crisis actual.

La primera es la batalla de salud pública contra el Covid-19, que al 23 de abril ha infectado a cerca de 2,7 millones de personas en todo el mundo y acabado con la vida de más de 185 mil de ellas. En Colombia, esta contienda nos ha costado 206 vidas, con miles de personas aún infectadas. La segunda es una batalla por la verdad, marcada tanto por preguntas razonables –¿cómo llegamos a este punto? ¿por qué unos gobiernos han sido más exitosos que otros?– como por una sucia campaña de desinformación y calumnia.

Salir victoriosos de la primera dependerá de nuestra capacidad de trabajar conjuntamente hacia la construcción de una comunidad de salud común, pero esto no será posible si perdemos la segunda, es decir, si caemos en la trampa de las recriminaciones y las falsedades. Es por esto que es tan importante aclarar los hechos que nos trajeron al estado actual.

La Organización Mundial de la Salud (OMS), la máxima autoridad que vela por la salud al nivel internacional, estableció una línea de tiempo sobre el desarrollo del Covid-19 desde su identificación temprana en China el 2019. Esta relata la rapidez y profesionalismo con los que los médicos y el Gobierno chino abordaron el entonces desconocido coronavirus.

Las autoridades en Wuhan se alertaron por primera vez de una posible nueva enfermedad infecciosa la última semana de diciembre del año pasado. Una pareja mayor de edad, mostrando síntomas similares a los de la gripa común, visitó el Hospital Provincial de Hubei el 26 de diciembre. La médica encargada, la doctora Zhang Jixian, una veterana de la lucha contra el SARS en el 2003, les aplicó las pruebas habituales, incluyendo una tomografía.

Los resultados de la tomografía, sin embargo, arrojaron resultados que apuntaban a algo diferente a una gripa. Que el hijo de la pareja mostrara resultados similares a los de sus padres, seguido de pruebas de sangre a los tres familiares y a un paciente adicional que confirmaron que no se trataba de influenza, llevó a Zhang a alertar al hospital el 27 de diciembre, el cual prontamente transmitió la información al centro de control y prevención de enfermedades del distrito.

Tres nuevos casos se presentaron en el hospital en los siguientes dos días, todos mostrando un patrón similar. Así, el 29 de diciembre, un panel de expertos del hospital informó directamente a las autoridades municipales y distritales. De inmediato, estas alertaron al centro de control de enfermedades nacional, notificaron a todos los hospitales de la ciudad de los indicios de una enfermad infecciosa y lanzaron una investigación epidemiológica. Para el 31 de diciembre, solo cinco días después de la llegada de los primeros pacientes, ya se le había informado a la OMS y, a través de ella, al mundo.

Los meses de enero y febrero fueron los más difíciles para China. Mientras que médicos y especialistas corrían contra el reloj para determinar la secuencia de genoma del nuevo coronavirus –lo que lograron en tiempo record el 12 de enero–, los líderes políticos estudiaban y  tomaban el 23 de enero decisiones difíciles que hoy todos los gobiernos han replicado: imponer restricciones al movimiento doméstico, paralizar la actividad económica, ordenar el uso de tapabocas, construir hospitales temporales de emergencia, entre otros, tanto en Wuhan como en otros lugares del país.

La OMS muestra que, a lo largo de este periodo, las acciones del Gobierno chino se hicieron de manera abierta y transparente. Por ejemplo, al 3 de febrero, las autoridades chinas ya se habían comunicado 30 veces con sus contrapartes estadounidenses sobre la situación del brote. Una delegación técnica de la OMS también visitó al país del 16 al 24 de febrero. Reflexionando sobre lo visto durante la visita, el líder de la delegación, Bruce Aylward, aplaudió al Gobierno y a todo el pueblo chino por su agilidad y efectividad: “El mundo necesita de la experiencia y los materiales de China para ser exitosos en combatir este coronavirus. China es el único país que le ha dado un giro positivo a un brote tan serio y de gran escala como este”.

Aunque estos son los hechos presentados por la máxima autoridad internacional en temas de salud, recientemente algunos miembros del Gobierno estadounidense han empezado a plantear rumores falsos que han llegado a difundirse más rápido que el mismo coronavirus. Ha sido especialmente el presidente Donald Trump quien, enfrentándose a lo que parece ser su derrota en las elecciones en noviembre y a una preocupante crisis doméstica, ha recurrido a las noticias falsas para distraer de su propia incompetencia.

Son dos las grandes mentiras a las que el presidente ha recurrido en su estrategia de evasión. La primera alega que el coronavirus fue producido por el Gobierno chino en el Instituto de Virología de Wuhan y que, de manera intencional o accidental, este se liberó en la población.

Esta teoría de conspiración ha sido fuertemente rechazada por investigaciones científicas confiables. El 17 de abril, en una rueda de prensa junto al presidente, el experto epidemiológico Anthony Fauci desmintió del todo esta teoría, apuntando a numerosos estudios realizados por prestigiosos centros de investigación estadounidenses que muestran que el virus pasó de un animal a un humano, no que fue manufacturado en un laboratorio.

La segunda mentira usada por Trump es que China está escondiendo la cifra verdadera de infectados y muertos por Covid-19. Algunos han visto supuestas pruebas de esto en eventos que no son más que circunstanciales, como la reducción en el número de suscriptores a cuentas de servicio celular y el incremento en el número de cremaciones en Wuhan.

Lo cierto es que ningún gobierno tiene las cifras exactas; la naturaleza misma de esta pandemia no lo permite. Pero decir que China miente solo porque tiene un sistema diferente al nuestro apesta a prejuicio. Es curioso, por ejemplo, que cuando China revisó la cifra de muertos en Wuhan por 1290 personas, algunos vieron en esto “evidencia” de una campaña de ofuscación; sin embargo, cuando el estado de Nueva York agregó a más de 3700 personas a su total de fallecidos, no se le culpó de no ser transparente. Lo más prudente es escuchar la voz experta de la OMS, que dice que China ha sido transparente desde el inicio.

La crisis de salud pública, la cual amenaza a todos, está lejos de llegar a su fin. La reciente extensión del aislamiento preventivo por parte del presidente Iván Duque es muestra de esto. Pero enfrentar el coronavirus y salir victoriosos requerirá de mucho más que acciones aisladas país a país: necesitamos de cooperación en vez de recriminación, de responsabilidad en vez de evasión y de ser solidarios en vez de ponerse primero para dejar al resto de último. Por eso, la batalla por la verdad no se puede dejar de lado; de ella depende que podamos trabajar hacia el fin esperado.

*David Castrillón es docente-investigador de la Universidad Externado de Colombia.