Enrique Escobedo
Es de sabios tener amigos y saberlos conservar. Lo sabemos y de ahí que transitar por la vida con amigos siempre tiende a ser mejor. Tener una amistad sincera y saber corresponderle es de lo mejor que nos puede acontecer. Empero, en política existe una gama de amigos que no encontramos en la vida común. Así tenemos a los amigos de partido que nos pueden caer mal, pero al pertenecer al mismo equipo los toleramos e incluso los defendemos, pues se trata de amistades y complicidades.
Esas llamadas amistades no frecuentan a las respectivas familias, ni saben de sus problemas, ni intimidan, ni comparten el pan y la sal. En realidad se trata de desconocidos que los une la ambición del poder, la militancia partidista y, en algunos casos, la confabulación derivada de intereses corruptos o de ineficacia. Léase, cuando dominó el gobierno el Partido Revolucionario Institucional y venía un cambio sexenal, a pocos les preocupaba el equipo que llegara, pues una regla no escrita del sistema era que no se denunciara la corrupción o se omitieran las fallas administrativas. Consecuentemente dicho partido fue permitiendo que la Administración pública fuese vista como un botín en donde lo que predominaba era la impunidad.
Con la alternancia, a principios del presente siglo, pensé que los programas de prevención y combate a la corrupción serían más efectivos, pues era el fin del amiguismo político y de la impunidad. Pero me equivoqué. El Partido Acción Nacional no se ocupó de sancionar la corrupción del pasado e inventó menjurjes que no se le habían ocurrido al PRI y de ahí, queda claro, la gestión Fox hizo hasta lo imposible por mantener a su partido en el poder y que el amiguismo político siguiera rindiendo frutos. Con el regreso del PRI al poder no hubo cambios y sucedió que la impunidad y el amiguismo siguieron floreciendo. Esa historia se repite con Morena.
Por lo anterior podríamos llegar a varias conclusiones, pero señalaré dos. La primera es aquella que sostiene que quienes roban son señalados de corruptos, pero no de tarugos. La segunda es que el amiguismo político va más allá de los ámbitos intrapartidistas. Léase, son contubernios de la clase política sin importar el partido. Aunque predomina la amistad partidista.
La Ciudad de México, desde 1996 ha sido gobernada por dos partidos políticos a los que podríamos calificar de primos hermanos. El Partido de la Revolución Democrática y Morena. Sus orígenes son los mismos y sus militantes comparten aventuras de vida. De ahí que, aunque tenemos casos de alcaldías (antes delegaciones) gobernadas por otros partidos, la realidad es que la Ciudad de México es concebida como un botín inacabable de recursos, corrupción e impunidad.
La llegada de la señora Clara Brugada y su decisión de solapar el mal manejo gubernamental de Martí Batres raya en el cinismo. Hoy las fugas de agua potable crecen día a día, las reportamos, pasan semanas y no hay respuesta eficaz. Lo mismo acontece con los baches que se multiplican como hongos. Casi llego a la conclusión de que los baches de la ciudad de México tienen vida propia. Los trámites informáticos son poco amigables, la policía no multa a los motociclistas, principales violadores de las leyes de tránsito, y la percepción de que crece la inseguridad pública es una realidad.
Un servidor público del gobierno capitalino me explicó que las fugas de agua y los baches no son atendidos porque la gestión Batres no les dejó un centavo ni en esa partida presupuestal, ni en otras. Lo cual no me consta, pero le creo
No vayamos lejos, nuestra jefa de gobierno llegó por una imposición de amiguismo del tabasqueño con ella. De todos es sabido que la señora Brugada no era la mejor opción de la presidenta Sheinbaum.
En fin, tener o ser un amigo encumbrado en la alta burocracia tiene grandes ventajas de impunidad. Sobre todo si se milita, hoy, en Morena.