Enrique Escobedo
En política existe una moneda de curso que sostiene que en uno de sus lados está la legalidad de un gobierno cuando, en una democracia, el partido llega al poder mediante el acatamiento a las reglas de operación jurídicamente establecidas para todos los contendientes. A su vez, el otro lado de la moneda dice que algo es legítimo porque la sociedad acepta por consenso el resultado del proceso electoral y el ganador gobierna para todos.
El caso mexicano es interesante porque encontramos variantes en el uso de esa moneda. En 1988 el triunfo electoral de Carlos Salinas fue cuestionado por muchos grupos sociales. Consecuentemente la legalidad del proceso quedó en entredicho y paradójicamente la legitimidad social a su gestión fue poco a poco de aprobación. En el caso contrario, Vicente Fox Quesada llegó al poder legal y legítimamente, pero su administración fue tan deficiente que rápidamente perdió legitimidad. En otras palabras, apegarse a derecho y alcanzar aprobación social de la acción cotidiana del gobierno es algo semejante al plebiscito cotidiano de configurar y fortalecer el pacto social.
Por lo que respecta a la presidenta Claudia Sheinbaum es interesante destacar que su triunfo electoral en materia de legalidad está históricamente manchado, pues llegó mediante una elección de Estado y repleta de triquiñuelas de su mentor. De ahí que su gobierno y su partido insisten en alcanzar la legitimidad al gritar a los cuatro vientos que ella es producto de la voluntad de la mayoría. En otras palabras, es imposible demostrar la ilegalidad de su elección y por lo mismo busca por todos los medios la legitimidad social. Empero ella misma no se ayuda. Cada día su investidura se erosiona debido a su insistencia de imitar extra lógicamente al caudillo de su partido. Es notoria su cuestionable sonrisa en las conferencias mañaneras; es claro que no las disfruta. Por supuesto que políticamente gana presencia y marca la agenda diaria gubernamental, como lo hizo su antecesor, pero cada día se aleja más y más de los asuntos estratégicos y estructurales de Estado y simplemente atiende los asuntos coyunturales sin visión de futuro. No me queda claro si está realmente convencida de que en nombre de una ideología se pueden salvar los asuntos económicos y sociales de una nación.
La actual administración cada día pierde legitimidad porque la inflación es una realidad en los bolsillos de los mexicanos. Más aun, pierde legitimidad porque la sombra de Andrés Manuel López Obrador se observa en lo que acontece en el Senado y en la Cámara de Diputados, así como en las órdenes que dicta a sus incondicionales que hoy ocupan cargos en el gabinete actual. La gestión Sheinbaum sigue culpando al pasado de todos los problemas como si no hubiesen transcurrido ya seis años de morenato. No vayamos lejos, la inseguridad pública crece y ella no se atreve a utilizar legalmente el uso de la fuerza; es claro que prefiere pasar a la historia como una blandengue y no como una estadista.
Vivimos un gobierno con desaseos de legalidad y con manchas de legitimidad. Lo pero es que la ilegalidad continúa con las reformas constitucionales morenistas que, en lugar de limpiar la mala gestión, insiste en legalizar la podredumbre y en romper el contrato social de los mexicanos. En resumen, vamos por el camino equivocado y corremos el riesgo de caer en el barranco.