Enrique Escobedo
La expresión popular “no soy monedita de oro” se refiere a que es imposible que una persona consiga la aprobación y empatía de toda la gente. En otras palabras, siempre existirán voces críticas objetivas y subjetivas que expresarán la aprobación o reproche de alguien por haber dicho algo o por guardar silencio o haber tomado una decisión en un sentido o en otro. Tal es el caso de la presidenta Claudia Sheinbaum, quien no acudió a Roma con el fin de estar presente en el funeral del Papa Francisco. Hubo voces que cuestionaron su ausencia y otras que la aplaudieron. Más aún, también hubo manifestaciones de agrado con la decisión de que acudiera la secretaria de Gobernación y quien lo criticó.
La historia de las relaciones de México con el Vaticano desde 1821 han estado preñadas de alianzas y rupturas coyunturales, intereses de grupos internos y externos, conflictos de poder y de biombos que esconden hipocresías y amasiatos. De hecho, si escarbamos un poco en la historia encontramos que desde la llegada de Hernán Cortés a estas tierras también arribaron dos grupos de clérigos claramente identificables. Los de la alta jerarquía vinculada con la corona española y con Roma y sacerdotes diocesanos, jesuitas, franciscanos y dominicos proclives a la misión de predicar, evangelizar y estar del lado de los pobres. Lo común es ver a la institución eclesiástica como un monolito jerarquizado y sumiso a Roma. Pero no es necesariamente así. Esos dos grupos llevan más de quinientos años en lo que ahora es México en una relación de divergencias, conciliaciones y divergencias.
La independencia de nuestra patria sólo se comprende por el activismo político y militar de Hidalgo, Morelos y Matamoros, por mencionar a algunos sacerdotes. Por el contrario, la guerra de Reforma fue un conflicto que, en lo general, puso de un mismo lado a los conservadores aliados con el alto y el bajo clero. Posteriormente, la revolución mexicana volvió a hacer explicito el conflicto intra-iglesia católica, pues hubo sacerdotes entre los diferentes grupos de revolucionarios y entre los gubernamentales. De ahí que lo primero que procede es evitar el análisis de la participación política de la iglesia en México como una unidad. Lo segundo es analizar pormenorizadamente sus interacciones políticas, religiosas, educativas y productivas por regiones de la geografía y demografía de nuestra nación. En tercer lugar, contextualizar las relaciones entre los diversos cultos en México y en el mundo, pues nos guste o no, las religiones y sus mentores saben bien que ahora también es fundamental convivir en la tolerancia religiosa con las distintas naciones del orbe. Me queda claro que aun existen posiciones fanáticas y fundamentalistas deseosas de desplegar guerras de religión. Afortunadamente esas visiones son las menos y confío en que triunfe la convivencia del amor y la paz sobre el odio y el exterminio.
En ese contexto la presidenta tomó su decisión y concluyó que la oportunidad de rozarse con algunos líderes del mundo podría tener ciertas ventajas. También vio que el laicismo mexicano y la compleja relación que existe entre las diversas religiones cuantitativas y cualitativas que convergen en el país son complejas y su convivencia requiere equilibrios. Por lo tanto, así prefiere mantenerlos.
Ella será criticada por algunos debido a que no asistió al funeral y será felicitada por otras voces por haber faltado. Lo interesante es que dentro de un mes su ausencia en Roma ya no será tema. Claudia Sheinbaum, como todos, no es monedita de oro y lo que le corresponde como jefa del Estado mexicano es equilibrar la convivencia pacífica entre las diversas instituciones eclesiásticas, promover la tolerancia y evitar favoritismos y fanatismos. Léase, la paz religiosa interior del país es la prioridad.