Ivette Estrada

Algunos objetos son meramente utilitarios, otros ornatos, pero muchos, aparentemente anodinos, son fragmento de recuerdos y vida. Son una memoria aparentemente inexpugnable pero que dicen quiénes somos y lo que hemos vivido. Pero, unos pocos nos permiten crear sortilegios.

Si las religiones de oriente hablan de un desprendimiento tajante con la materia para acceder a un estadio de felicidad o samsara, que los católicos llamamos cielo, muchos tenemos la convicción de que los objetos, como la palabra o acciones, pueden sacralizarse. Es decir, tener la capacidad de volverse instrumentos que sirvan a nuestra conexión con la fuente de bondad y creación. Que nos comuniquen con Dios y, por ende, cambien nuestro mundo y entorno a voluntad.

No es que existan objetos buenos y malos. Quizá algunos si sean predeterminados para el culto, como los escapularios o rosarios. Sin embargo, hablo de las cosas que trascienden su utilidad primigenia para convertirse en preciosos testigos de la dignidad, el amor y la felicidad.

En recientes investigaciones, por ejemplo, determinaron que las personas que tienen retratos de sus seres queridos sobre el escritorio, tienden a mostrar más honestidad y humanismo respecto a sus pares que no poseen esos artículos. Las imágenes de personas allegadas son anclajes de virtud y momentos felices. Nos recuerdan que somos dignos de admiración y amor. Y solemos responder a ese llamado silente.

Pero los retratos no son todos los objetos mágicos que podemos poseer. Son todos aquellos que nos relacionan con nuestra esencia o que presuponen para nosotros bendiciones. Estos son algunos ejemplos, personalísimos, por cierto:

Color verde en diferentes materiales y objetos me remiten a la infancia, cuando la tinta verde capturaba la primavera. Las canastas de mimbre son símbolos de prosperidad y buenaventura, por lo que procuro tener siempre en la cocina y en la habitación como “casas” de muñecos o recipiente de cosméticos, siempre con moños o adornadas con encajes y flores.

Las botellas de cristal son los mejores floreros, pero también pueden albergar fragmentos de piedras de río, canicas, remembranzas de horas felices con los amigos y reflejos de las lunas de octubre.

Los caleidoscopios son objetos para soñar y construir historias, las rosas secas construyen amuletos de amor y las cajas de corazón materializan todo lo que añoramos: cartas, espejos, botones de un traje viejo, medallitas, inacabados poemas…

¿Cuál es el objeto que representa cosas valiosas, a veces inmateriales, pero siempre asombrosas? ¿qué te permite cerrar los ojos y volar, y encontrar las aventuras y personas que siempre quisiste en la vida o que ya trascendieron y deseas perseguir?

Tal vez te decantes por las estrellas de cartón o las nueces secas, por muñecos de peluche o el fragmento de una vasijas, baúles, libros, estampas, listones o lentejuelas negras… todo objeto que te permita construir realidades más benignas, que capture tus sonrisas…

Pero ¿qué es la magia? La capacidad de transformar. Por eso dicen que las primeras brujas fueron quienes osaron guisar por primera vez. Como sea, los ingredientes de cualquier sortilegio son la intención y las palabras. La varita mágica sólo es un objeto que representa lo que queremos lograr a través del hechizo: manzanilla como llamado a la salud, piedras para la eternidad, danza para las ideas, estampas de soles para el inicio de cosas nuevas…

Como en los sueños, no existen objetos ni significados precisos. Nadie puede develarte los significados porque ésos sólo existen para ti. Una semilla puede ser abundancia, fertilidad, oportunidad, llave o canción. Todo y nada: lo que sea para ti. Por eso la magia es esotérica y las grandes religiones la rechazan, porque es el poder de cada uno y su comunión con el principio sin ritos, intermediarios ni rezos memorizados.

¿Cuáles son tus objetos mágicos? Conviene tenerlos muy cerca, para recordarte que eres una persona llena de poder y un agente que suele transformar su realidad y crear esperanza para los demás. En este tiempo de silencio hondo y tristeza necesitamos magos.