• 135 mil muertos por COVID-19 y asesinados, inversiones, empresas y empleos perdidos, y…

Miguel A. Rocha Valencia

Agresivo, autoritario y déspota, utiliza todos los medios del poder gubernamental para ofender, descalificar, amenazar, chantajear y enjuiciar a todo aquél que no coincide con él, pero es incapaz de emplear esas mismas prerrogativas para cumplir con su obligación de gobernar un país y al menos intentar resolver las crisis en salud, seguridad, económica y política con desgaste institucional que ahogan a millones de mexicanos.

Constitucionalmente, López es el presidente de la República Mexicana, pero usa el cargo para sus fines personales sin importarle que 126 millones se seres, incluyendo los “suyos” vivan en permanente crisis, zozobra derivada de un jefe del Ejecutivo inexistente y la presencia de un sujeto vengativo que no se detiene en los hechos o la boca para dividir a quienes debería convocar a la unidad por el bien del país.

Su liderazgo lo ejerce para su beneficio y un corto número de seguidores que debe serle fiel más allá de cualquier razonamiento; quien diciente es condenado, excluido, excomulgado.

Y mientras, México, ese país que llegó a soñar con las mieles del primer mundo y le entregaron como las catorceava o doceava economía mundial, se hunde sin brújula ni esperanza, con más de 135 mil muertos por COVID-19 y asesinados, con una hacienda en ruinas, caída del PIB superior al 8.5 por ciento, desconfianza de la inversión internacional y nacional, con obras destinadas al desperdicio y una creciente deuda que suma billones de pesos más, en sólo dos años.

Claro, la pandemia de SARS-CoV-2, no es culpa del tlatoani tabasqueño, pero si su responsabilidad de gestionarla lo mejor posible. Prefirió desestimarla, desafiar los consejos de los científicos y refugiarse en los cortesanos que le daban la razón. Hoy México sobrepasó los niveles de catástrofe como lo calificó su lacayo en salud y tenemos más de 72 mil muertos y 660 mil infectados oficiales por coronavirus.

Denuncia todos los días la corrupción de los demás, pero sin pruebas y cuando los acusados son los suyos, incluyendo hijos, nueras, hermanos o cuñadas, desmiente los hechos, monta en cólera, agrede a los medios y personajes que se atreven a exhibir la viga en el ojo del Pontífice de Palacio Nacional que ha hecho suya la ley, la aplica a su manera y contra quien él quiere.

Fustiga a quienes se manifiestan incluyendo a mujeres víctimas de agresiones o feminicidios, a padres de hijos con cáncer abandonados porque no votan, pero entrega millonadas a sus clientes holgazanes. Abandona a empresarios productivos, pero tira el dinero en proyectos que, a la larga, no van a redituar beneficio al país, sólo serán de relumbrón político o vanidad personal.

En dos años, el hijo predilecto de Tepetitán, Macuspana, Tabasco, ha concentrado una síntesis de la corrupción de los regímenes anteriores, lo mismo con enriquecimientos inexplicables, entrega de concesiones, asignación de obra, desvíos para familiares, latrocinios, malas inversiones, sobre precios, partidas secretas, compra de votos, recibos de dinero de dudosa procedencia, ejercicio abusivo del poder y todo lo que juró combatir.

Ni hablar de pérdidas. López Obrador resulta muy caro para los mexicanos “gracias” a inversiones inservibles, endeudamientos que superan billones de pesos, pérdida de inversiones (antes de la pandemia) y una incapacidad o a propósito para conciliar con los sectores productivos a los que acusa de corrupción, pero sin probarla.

La lista de desaciertos es larga para apenas dos años de gestión y de ese tamaño es el desastre en el país, con la agravante de que le quedan cuatro años más para consolidar la mayor desgracia vista en los últimos 70 años, incluyendo los regímenes mesiánicos, corruptos y desaseados de los que se fueron, pero que al menos, no mostraron tanta estulticia, ni ¡para robar! Como los de hoy.

Por eso la pregunta es ¿Cuántos más? Muertos de enfermedad y asesinados, negocios y empleos perdidos, instituciones lastimadas, inversiones canceladas y mexicanos en la desesperación.

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