• La culpa de todo lo malo en el país no es error de la 4T ni de Salinas sino de Calderón

Miguel A. Rocha Valencia

“Desde que se inventaron las disculpas se acabaron los p…” dice el refrán. Así sucede con el profeta de la 4T, quien durante 18 años buscó la presidencia a la cual no llegaba porque se lo impedía, según él, la mafia en el poder encabezada por Carlos Salinas, pero una vez que la logró, su discurso se metamorfoseó y el responsable de que todo le salga mal, es de Felipe Calderón.

NO es capaz de reconocer, porque su estatura política e intelectual no da para más, que no sabe tiene los tamaños para gobernar y que, si su antecesor de dedicó a robar, tener sexo y vengarse de sus detractores, él se dedicó a comprar simpatizantes, destruir instituciones, sumir al país en un caos, perseguir y encarcelar “enemigos” en una revancha que no termina pues su rencor es infinito, o al menos eso muestra todas las mañanas.

También metamorfosea su discurso: al inicio del mandato y en campaña dijo que acabaría, con solo su presencia en el poder, con la corrupción, las matazones, el crimen organizado, mejoraría a niveles europeos el sistema de salud, borraría la pobreza de millones de hogares y propiciaría el desarrollo económico-financiero del país a niveles insospechados.

Porque como buen mesías (tropical), él era la solución a todos los males de México. Pero a cuatro años de gobierno, los resultados “hablan” de todo lo contrario, las cifras las da el Inegi, el Secretariado Nacional de Seguridad Pública, la SSA y organismos internacionales como la OCDE, el FMI, la DEA, FBI y la propia ONU.

La corrupción, se subliminó en la 4T, la etiquetó el ganso como distintivo y le puso la fórmula de impunidad; ninguno de sus allegados, familiares o funcionarios está consignado por delinquir a pesar de las pruebas públicas en videos, audios, escritos o denuncias ante la propia Secretaría de la Función Pública o la Auditoría Superior de la Federación. Abuso del poder es el juego de la transformación.

Las matazones se vuelven pan de cada día, llegamos “extraoficialmente” a casi 125 mil asesinatos; el crimen organizado, según el Comando Norte de Estados Unidos, la delincuencia ocupa más de la tercera parte del territorio nacional, incluyendo gobiernos estatales como la franja del Pacífico, alcaldías y congresos con “distinguidos representantes de “cuello blanco” en Morena donde desde sus altos mandos violentan la ley de manera cínica.

A ello se suman las malas noticias con el nombramiento de la exmiembro de la secta NXIVM, cuyo líder fue condenado en Estados Unidos por tráfico sexual y pornografía infantil, Clara Luz Flores Carrales, al frente del secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública, para lo cual no cuenta con experiencia, pero es de “cuarta”, como casi todos los funcionarios de gobierno.

Del sistema de salud a nivel europeo, mejor nos olvidamos; tan sólo de 2018 a 2020, la población sin acceso a salud pública aumentó del 16. 2 por ciento al 28.2, lo cual significó que de 20.1 millones de personas sin servicios, pasara a 35.7 millones, de acuerdo con el Consejo Nacional de Evaluación de Política y Desarrollo Social.

Del desarrollo económico, se cambió el cuatro por ciento anual por una medición de la felicidad de los mexicanos, quienes ahora somos 15 millones más en pobreza y muchos dependiendo de las pensiones y programas asistenciales de gobierno, donde, por cierto, no hay discriminación pues lo mismo se otorga a personas jubiladas con ingresos respetables que a sicarios que no estudian, pero sí asesinan.

Y la culpa de que todos esos males ocurran a cuatro años de la profética cuarta transformación es un solo expresidente: Felipe Calderón, ni siquiera de Carlos Salinas que por cierto ya no es nombrado en las mañaneras ni su mafia en el poder, menos Ernesto Zedillo o el par de inepto de Vicente Fox o el gigoló Enrique Peña.

Entonces para qué quería el profeta del cambio el poder ¿para lamentarse de su propia incapacidad? ¿Culpar a regímenes pasados la herencia maldita? O ¿alguna vez pensó en sería capaz de gobernar México, enfrentar los problemas y cumplir sus promesas de campaña?

Así las cosas, en vez de la esperanza de México, la mal llamada transformación, más que un sueño alcanzable, se transformó en una amarga pesadilla de la que aún no podemos despertar. Qué pena por mi país y las futuras generaciones a las que la debacle alcanzará.