La tradición no es un impedimento
para el progreso, sino que es una
fuente de sabiduría y conocimiento
Hans Georg Gadamer
Arturo Suárez Ramírez / @arturosuarez
Cuando una marca se desgasta, se aconseja relanzarla. Pero ese proceso debe ser profundo, metodológico y bien analizado, para que no resulte contraproducente. Se trata de actualizar la imagen, mejorar la percepción del público, refrescarla, reconectar con los consumidores existentes y reafirmar su fidelidad. También implica adaptarse a nuevos tiempos y a mercados más competidos, dinámicos y dominados por los actores hegemónicos. Un relanzamiento nunca es fácil, y menos cuando se trata de una marca política con tantos pecados, algunos de ellos imperdonables.
El partido hegemónico de México, el de la llamada “dictadura perfecta”, perdió el poder en el año 2000 con la llegada de la alternancia. El PRI se desdibujó por una década; los conflictos internos le impedían avanzar. Pero fueron los grandes errores y la arrogancia del PAN los que le permitieron, en 2011, relanzarse. En realidad, fue solo una lavada de cara: un candidato carismático como Enrique Peña Nieto y una buena campaña —donde ocurrió de todo— bastaron para reposicionar la marca. El “nuevo PRI” ganó la Presidencia frente a López Obrador y Josefina Vázquez Mota, pero el gusto duró poco. Seis años después, AMLO regresó para arrasarlos, impulsado por la obscena corrupción y las crisis políticas y sociales del peñismo.
El Pejelagarto los sentenció: estaban “moralmente derrotados”. Han pasado siete años desde entonces, y ni el PRI ni el PAN saben bien qué les pasó. Con tantos errores de los gobiernos de López Obrador y ahora de Claudia Sheinbaum, deberían estar capitalizando el descontento y dándose un festín político. Pero no, apenas tienen presencia: algunas pinceladas en mesas de análisis, debates en medios y discursos en el Congreso, pero nada que conecte con la sociedad, que al final es la que decide las elecciones.
En el PAN, como en otros partidos, no hubo renovación ni cambio generacional. Siempre fue un partido de cúpulas, de familias que se repartían y todavía se reparten los cargos. Hoy han perdido liderazgos y credibilidad. Ya nada queda de aquel proyecto que fundó Manuel Gómez Morin en 1939. Los nombres son casi los mismos, muchos de ellos formaron parte de los gobiernos de Vicente Fox y Felipe Calderón: arrogantes, lejanos a la gente y prepotentes. Qué decir de los escándalos de corrupción o de la guerra contra el narco, con sus miles de víctimas. No es que hoy estemos mejor, pero ellos también fallaron.
Durante décadas, Acción Nacional fue una minoría, pero una minoría respetable: pensante, conservadora y que representaba a un sector importante del país. Estuvieron cerca de ganar la Presidencia con Manuel Clouthier y luego con Diego Fernández de Cevallos, pero no se atrevieron a dar el manotazo. En aquel tiempo, los azules eran la conciencia moral de México. Luego se convirtieron en gobierno y, como el PRI y los Morenos, también se perdieron en el poder.
Hoy, Jorge Romero Herrera y compañía anuncian un relanzamiento. Quieren reconectar con la sociedad, reorganizar estructuras y volver a ser competitivos. Pero no se trata solo de cambiar un logotipo o de ajustar el discurso: el desgaste es profundo, y no tienen una narrativa clara frente a un Morena que, con todos sus excesos y programas sociales, sigue dominando el escenario político.
El PAN apenas sobrevive entre pleitos internos, rupturas y nostalgias. Ahora, además, sin alianzas con el PRI. Los resultados se verán en las urnas, porque las palabras no bastan… pero mejor ahí la dejamos.
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Hasta la próxima.

