Gabriela Lazcano
Hace algunos años, recuerdo con gran cariño las noches previas a la llegada de los Santos Reyes. Íbamos de tienda en tienda y siempre terminábamos en el mercado cercano a casa para comprar lo que nos hacía falta y cenar unos ricos antojitos.
Recuerdo con nostalgia ver los carritos llenos de parejas buscando lo que las cartas pedían. En realidad, era una noche mágica, tanto para nosotros como papás, como para nuestros niños.
En días pasados, me llamó mucho la atención escuchar en un noticiero que los juguetes ya casi no se vendían. Decían que los niños ya no jugaban, que el turista, los carritos, las muñecas, los hornitos y un largo etcétera habían sido sustituidos.
Un comerciante comentaba que ahora tenía que invertir mucho más que en años anteriores, pues los juguetes costaban mucho más.
“Los juguetes”, a lo que él se refería, ya no eran como antes. Los niños ya no juegan entre ellos; ahora solo piden celulares, iPads o, según la economía de los Reyes, maquinitas manuales que traen varios juegos de destreza, eso sí, electrónicos o de pilas. Un niño promedio, en este momento, mantiene la atención sobre algo entre 8 y 15 segundos. Si le interesa, continúa; de no ser así, desvía su atención hacia otro lado.
¿Qué estamos haciendo con nuestros niños? Un niño con un Xbox, iPad o cualquiera de estos artefactos pasa entre 2 y 5 horas jugando con ellos. Es decir, pierde habilidades sociales, la tolerancia a la frustración, la paciencia para esperar su turno… En fin, están perdiendo habilidades que les servirán para ser adultos plenos y completos.
La tecnología es fabulosa; ayuda en nuestra cotidianidad de una manera que sería ya imposible vivir sin algunos aparatos que usamos hoy en día
. ¿Pero los niños? ¿Qué bien puede hacerle a un niño de entre 2 y 13 años pasar 5 horas frente a una pantalla? Es cierto que adquieren habilidades motrices finas; parece ser que se hacen más hábiles en resolver algunos problemas de lógica y orientación. Pero eso es todo. La realidad es que son niños hiper estimulados.
Son niños que lo primero que piensan es en seguir jugando frente a sus pantallas, desperdiciando así las habilidades naturales que cada niño tiene. El problema no radica únicamente en el uso de la tecnología, sino en cómo ha reemplazado las interacciones sociales. Antes, los niños jugaban en las calles o en el patio, aprendiendo a resolver conflictos entre ellos, a respetar reglas y a usar su imaginación para crear sus propios mundos. Hoy, esos espacios de aprendizaje han sido sustituidos por entornos virtuales que, aunque entretenidos, no ofrecen el mismo nivel de desarrollo emocional y social.
Además, esta situación genera un impacto en la dinámica familiar. Muchos padres optan por darles dispositivos a sus hijos para mantenerlos ocupados, permitiendo que la tecnología actúe como niñera. Esto puede aliviar la carga inmediata para los padres, pero a largo plazo puede perjudicar la conexión entre ellos y sus hijos, debilitando los lazos familiares.
¿Qué podemos hacer como sociedad?
Es momento de replantearnos cómo estamos educando a las nuevas generaciones. No se trata de eliminar por completo la tecnología de sus vidas, ya que sería irreal e innecesario. En cambio, debemos enseñarles a usarla de manera responsable y equilibrada, combinándola con actividades que fomenten el desarrollo de sus habilidades sociales, emocionales y físicas. Por ejemplo, podemos recuperar prácticas simples pero significativas, como leer cuentos antes de dormir, organizar juegos en familia o fomentar actividades al aire libre.
También es fundamental que los padres sean un ejemplo en el uso moderado de la tecnología, demostrando que hay momentos en los que es necesario desconectarse para convivir plenamente con quienes nos rodean. Un balance necesario La tecnología llegó para quedarse, y es una herramienta maravillosa si se utiliza de manera adecuada. Sin embargo, no podemos permitir que sustituya lo más valioso que podemos ofrecer a los niños: tiempo de calidad, enseñanzas significativas y la oportunidad de explorar el mundo real con curiosidad y creatividad.
Que los niños sigan siendo niños y que la magia de los Santos Reyes llegue siempre, a ser eso, magia, no realidad virtual.

