Gabriela Lazcano
Seguramente algunos de ustedes recordarán cómo nos comunicábamos antes, antes de que existiera el celular. Recuerdo que mi hermano me dijo: “En unos años los van a regalar”. Y así fue.
Lo malo, creo yo, es que, como todo lo que nos puede hacer más fácil la vida, nadie nos enseñó a usarlos. El celular, en un principio, era solo para hablar. Hoy en día tienen tantas funciones y guardan tantas cosas que, con solo pensar en perderlo, de inmediato sentimos angustia que casi preferimos no pensar en eso.
Ni hablar, la tecnología se apoderó de nuestras vidas para no irse jamás.
Pienso que cada vez utilizamos menos palabras, que cada día leemos menos, que reemplazamos sentimientos con emoticones. Que mandar un mensaje ha suplido la llamada que hacíamos sí o sí a la gente importante en nuestra vida.
No es que sea purista; estoy muy lejos de serlo, pero sí extraño algunas cosas. Y más que extrañar, me resulta increíble que no haya visto un libro o algo así como: “Buenos modales para el celular”. ¡Qué falta nos hacen!
Ahora puedes decirle a alguien buenos días, y si tienes gente a tu alrededor medianamente educada como tú, te contestará con unos buenos días también.
Habrá otros que, seguramente, vivirán en Noruega, donde las noches son tan largas que te contestarán quizá en dos semanas. Y finalmente están los que nunca te contestarán. Esto equivale, mutatis mutandis, a decirle a alguien en la calle, la oficina o la casa los consabidos buenos días… ¡y que no te respondan!
¿Exagero? Puede ser. Pero es un fenómeno real. Creo que esta consabida aplicación es muy útil, pero ha hecho de la grosería una constante, y además vista como algo normal por los más jóvenes.
“Sí vi tu mensaje, pero no tenía tiempo de contestar.”
“Tengo tantas cosas que hacer que se me pasó” (nosotros, los remitentes, vivimos en Shangri-La).
“Uy, es que se fue hasta abajo y no lo vi.”
Y así podría continuar con un largo, larguísimo etcétera de respuestas o pretextos para no contestar.
Y no crean que esto es solo asunto hogareño. No, no. En el trabajo, con los clientes, ¡es mucho peor! Porque ahí, como decimos: “hay que tragar camote”. Ni modo de decirle al cliente que es un majadero, ¡no hay manera!
Así, esta aplicación nos cambió o nos vino a revelar quiénes somos, cómo estamos educados y, ya ni hablar, de las faltas de ortografía. Esas me generan ganas de borrar al contacto de inmediato.
Seguramente pensarán, y con cierta razón, que los demás no tienen la obligación de escribir correctamente, pero yo no puedo con cosas como:
“Todo ok. recibido.”
¡Ay, el WhatsApp! Cuántos enamorados estarán separados por esta app, cuántos hemos dicho cosas que no queríamos decir mandando un meme o un emoticón. No cabe duda de que, en el trabajo y en las familias, ha revolucionado nuestra forma de comunicarnos.
Triste, pero real.
Yo soy de la vieja escuela, aunque inevitablemente me uní a la tecnología. Prefiero una buena conversación a mensajes de voz. Prefiero verle la cara a quien le digo buenos días, y reaccionar con otro igual o con una cara de pocos amigos, y hacer un comentario sarcástico en el momento. El sarcasmo, que también es un arte, nos lo ha acotado la app. Otra pérdida.
En fin, seguramente ya estamos acostumbrados, pero creo que nada reemplaza una buena conversación frente a mensajes de voz, que nada supera una llamada en un momento importante. Y si bien somos muy creativos y hay memes para todo, ¿quién nos quita lo bailado cuando decimos frente a frente: “¡Cuánto te quiero!” o, de plano: “¡Ya no quiero hablar!”
Si alguno de ustedes quiere darme los buenos días aquí en Instagram, les responderé el mismo día porque no vivo en Noruega.
Y, además, porque estoy por lanzar un libro titulado: “Cómo sobrevivir a las redes sociales sin olvidar la educación”
¡Que tengan una hermosa semana!

