Más lágrimas se derraman por las plegarias
respondidas que por las no respondidas
Truman Capote
Arturo Suárez Ramírez / @arturosuarez
Hacer una nueva política, que dé resultados, que atrape a los jóvenes y que impulse al país ya es complicado para la oposición. Intentarlo con los de siempre, con los viejos políticos, convierte la tarea en una empresa altamente improbable y en una contradicción.
Si algo caracteriza a las nuevas generaciones es su capacidad para desconfiar y perder rápidamente la atención. Ahí se inscribe la poca importancia que le dan a la política, a los partidos y a su participación ciudadana.
No es casualidad que múltiples encuestas muestren una baja identificación con los partidos y con sus representantes. Los jóvenes los perciben lejanos; para ellos, el sistema de partidos dejó de ser un espacio de representación y se convirtió en un espectáculo de confrontación permanente. Si a eso le sumamos que los pocos liderazgos cambian de camiseta con una facilidad pasmosa, que los principios se negocian al ritmo de las candidaturas y que la congruencia terminó siendo una virtud escasa, la consecuencia es evidente: el desencanto.
Otro punto que también abona al problema es que las cúpulas partidistas, integradas por los políticos de siempre, siguen arropando a los suyos y a sus familiares, mientras les niegan oportunidades a los pocos militantes que aún creen que pueden abrirse paso por méritos propios. Ese es un mal de todos los partidos, incluso de Morena, cuyos dirigentes pregonan el combate al nepotismo, pero encuentran la forma de darle la vuelta para que los cercanos sigan llevando mano al momento de repartirse los cargos.
En ese contexto, que no tiene nada de nuevo, aparecen proyectos para conformar nuevos partidos políticos. Aunque cambien de nombre y de colores, detrás están los mismos de siempre, aquellos que ya tuvieron su oportunidad y también fallaron. Sobre el papel, la noticia podría interpretarse como un signo de pluralidad democrática; el problema comienza cuando uno revisa quiénes encabezan esos esfuerzos y descubre que la novedad apenas consiste en un cambio de logotipo. Varios de ellos perdieron el registro del PRD y, aun así, se niegan a retirarse de la vida pública para regresar, ahora sí, según dicen, a salvar a México.
En la lista destacan quienes rompieron con el Pejelagarto: exgobernadores, exdirigentes partidistas, antiguos legisladores, operadores electorales de siempre y personajes que ya ocuparon cargos relevantes. Todos vuelven a presentarse como si fueran la alternativa fresca que el país necesita. Cambian el discurso, ajustan los colores y reinventan el eslogan, pero el elenco permanece prácticamente intacto.
La paradoja es enorme porque los jóvenes representan el grueso del padrón electoral. Ellos reclaman nuevos liderazgos, mayor transparencia y una política menos contaminada por los intereses de grupo. Eso no se conseguirá de la noche a la mañana. Hoy la oposición carece de figuras que enamoren, que entusiasmen y que realmente encaucen al electorado. Da la impresión de que muchos solo buscan quedarse con un pedazo del pastel, nada más.
Aunque a muchos no les guste reconocerlo, Morena logró construir una narrativa poderosa: la del viejo régimen enfrentado a la transformación. Y sigue funcionando porque muchos de sus adversarios insisten en confirmar ese argumento. A ello hay que sumar el peso electoral de los programas sociales y el hecho de que millones de mexicanos son beneficiarios de ellos. Con ese escenario, no se vislumbra un panorama sencillo para Somos México, si es que finalmente les permiten llamarse así.
Es verdad que los casos de corrupción en Morena y sus errores son numerosos, y la oposición tendría motivos suficientes para darse un festín político. Sin embargo, ha desperdiciado esa oportunidad. Difícilmente recuperará la confianza de los ciudadanos recurriendo a las viejas figuras del pasado. Eso incluye a expresidentes como Fox y Calderón, quienes también fueron protagonistas en la construcción del desastre que hoy vivimos… pero mejor ahí la dejamos.
¡Suerte para la marea rosa!
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Hasta la próxima.

