Yo no creo en la utopía…
Karl-Otto Apel
Arturo Suárez Ramírez / @arturosuarez
No se trata solo de llegar a la Presidencia de la República y ejercer el poder; se debe tener miras, estatura, sentido común, conocimiento, capacidad de decisión y asumir los costos necesarios. Ejemplos sobran de cómo personajes que ocuparon ese sitio quedaron francamente a deber: ignorantes, escudados únicamente en la popularidad del momento. Uno fue Vicente Fox Quesada y el otro, Andrés Manuel López Obrador. Ambos se vendieron como las grandes soluciones a los problemas nacionales y se quedaron muy lejos de resolverlos.
Los demás también tienen su parte de responsabilidad. La mayoría ha abaratado la política: pululan los discursos huecos, las frases aprendidas y el espectáculo mediático. Particularmente, el sexenio del Pejelagarto y ahora el de Claudia Sheinbaum, con su programa matutino y la fuerza de las redes sociales, son muestra de ello. Ese ha sido su ejercicio del poder, y aun así se autodenominan “estadistas” porque mantienen altos índices de popularidad y aprobación. Pero ¿de qué sirve la popularidad si ante las contingencias se ven tan pequeños?
Un estadista no es un político con cargo; si así fuera, nuestra historia estaría llena de éxitos y menos fracasos, habríamos encontrado la salida a ese laberinto de “este sexenio sí es el bueno”. Aunque se tenían esperanzas de que el país tomara otro rumbo con Claudia Sheinbaum Pardo, su afán de seguir defendiendo las omisiones del pasado reciente la pone a esa misma altura. Insisto: hay evidencia de que la estrategia de seguridad ha cambiado y que poco a poco comienza a dar otros resultados, pero el daño que dejó López Obrador con aquello de los “abrazos y no balazos” es muy profundo, y se refleja en hechos como el asesinato del edil Carlos Manzo y en la forma de reaccionar del gobierno.
El camino que seguirían desde Palacio Nacional era transparente, particularmente desde la oficina de Jesús Ramírez Cuevas. Pocas horas habían pasado, la presidenta no había reaccionado, y ya hacían nado sincronizado para deslindar al gobierno federal y al gobernador. Basta revisar las cuentas en X de sus comunicadores, “youtuberos” y conductores de medios tradicionales —de esos que dicen que ya no existen, pero que no se pueden esconder— para confirmarlo.
Del otro lado también hay razón: el hecho se usó para generar tendencia, impulsado por la oposición. Evidentemente está mal por el momento y por la poca empatía, pero que no se hagan los sorprendidos; los que hoy gobiernan, cuando eran oposición, utilizaban las mismas prácticas para posicionarse. Claro, las redes no tenían entonces el peso que hoy tienen.
El episodio resulta una postal de la 4T. Curioso, además, que sea la misma presidenta quien dice haber ordenado una revisión de las cuentas de X opositoras que posicionaron tendencias, y que pronto lo dará a conocer. ¿Acaso no hay otros funcionarios que puedan hacerlo? ¿No hay temas verdaderamente importantes por resolver?
Se necesita mucho más para que la oposición logre descarrilar a Claudia Sheinbaum y a su gobierno. Tiene todo el poder: ha militarizado al país, cuenta con mayorías en las cámaras, controla el Poder Judicial y una oposición que no pinta. ¿Entonces?
Lo que necesita el país, en tiempos de caos y tensión como los que vivimos, es que Sheinbaum se comporte como presidenta. Las cartas credenciales las tiene. Veremos si cambia para ser una estadista o si seguirá culpando al pasado, a Peña y a Calderón, aunque hay ocho años más letales que no quiere ver… pero mejor ahí la dejamos.
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Hasta la próxima.

