Enrique Escobedo
Un piso dúplex es un concepto de la arquitectura que alude a una construcción de un segundo piso en un mismo inmueble con accesos independientes. Aunque existen casos en los que son las dos plantas están unidas por una escalera interior. La definición sirve como alegoría, pues cada día veo cómo poco a poco la presidente Sheinbaum imita linealmente a su antecesor en el estilo personal de gobernar, así como en los aspectos políticos, económicos, administrativos y sociales. En lugar de dotar de originalidad al segundo piso de un proyecto político, lo que hace es reproducir en lo posible una idea anacrónica de capitalismo de Estado que históricamente ya demostró su inviabilidad.
Considero que el intervencionismo del Estado es fundamental si se le concibe como el ente rector que convoca a los sectores privado y social a fin de concurrir responsable y armónicamente en favor del desarrollo nacional. De ahí que el artículo 25 de nuestra Constitución reconoce y alienta incluso otras formas de contribuir a favor del crecimiento de nuestra nación. En otras palabras, ya no es posible regresar a la anacrónica idea del Estado Gendarme de “dejar hacer, dejar pasar” y creer en la mano invisible del mercado, como tampoco ya no es posible retornar a los monopolios de Estado o crear empresas públicas por cualquier motivo. Vivimos la era de la globalización y de ahí que cada gobierno debe redefinir la idea acerca de qué empresas son estratégicas y cuáles son prioritarias. Pero sin regresar a la idea del Estado empresario, pues ya se vio que ese no es su fuerte.
El modelo del Estado neoliberal concebido por Ronald Reagan y Margaret Thatcher en la década de los años ochenta del siglo pasado ya da muestras de agotamiento, consecuentemente es necesario reconcebir y adecuar, una vez más, la triada progreso, crecimiento y desarrollo. Se trata de aprender del pasado y redimensionar nuevas formas de movilidad social y de calidad de vida en un marco de democracia con justicia social. Es una ecuación cualitativa difícil de concebir. Algunas personas como el presidente Donald Trump insisten en regresar a la idea del proteccionismo del Estado y cancelar los actuales procesos económicos mundiales. De ahí que algunos gobernantes en lugar de rediseñar el futuro lo que proponen es regresar al pasado.
Sucede que el reto es complejo, pues redimensionar crecimiento económico y democracia implica equilibrar inclusión, equidad y justicia social en un mundo cada día más dependiente de la informática y la robótica. Lo cual significa, por un lado, priorizar alimentación, salud y educación y, por el otro, articular las cadenas mundiales de producción y suministros.
Es claro que los cimientos de la llamada cuarta transformación son endebles económicamente hablando, pues marginó en gran medida a los sectores privado y social y de ahí la triste y frágil herencia que ahora se traduce en déficit público, elevado incremento de la deuda y muy bajo crecimiento económico. Aún más, su insistencia de instaurar un nuevo régimen de gobierno político-ideológico con un fuerte de partido de Estado, con el regreso del presidencialismo a ultranza y una oposición marginada que le sirve a fin de enmascararse de democracia está montada en paredes de tablaroca y no en muros de contención. Tales son los caos de seguridad pública, educación y salud.
Los dúplex en política con la intención de instaurar el continuismo lineal, acrítico y poco estético de una fachada generalmente plana sin entender el nuevo diagnóstico político-económico mundial. Las naciones democráticas que presumen de calidad de vida de sus habitantes lo hacen porque miran al futuro y entienden los contextos internos y externos. Léase, no se encierran en su pasado ni se escudan en anacronismos, ni se esconden del mundo. Es decir, construyen naciones y no segundos pisos con visión de dúplex.

