Enrique Escobedo
Un sistema político se refiere a la composición y acuerdos de grupos, procesos electorales y reglas de operación escritas y no escritas que configuran el poder político de una nación. De ahí que es la interacción regulada mediante un pacto entre la sociedad y su gobierno. La definición es importante porque no es lo mismo sistema político que régimen de gobierno. Léase, un régimen es la organización de un Estado sustentado en instituciones y normas jurídico-administrativas que regulan la forma y organización de un gobierno y el ejercicio del poder. Las diferencias son sutiles, por lo que basta con precisar que un régimen es la estructura, mientras que el sistema es el dinamismo de factores cambiantes debido a la acción política, social, administrativa y económica.
Dicho lo anterior apunto cuanto antes que, hasta el momento, México es una nación cuyo régimen está definido en su artículo 40 constitucional. Es decir, somos una república representativa, democrática, laica y federal. Consecuentemente nuestro régimen no ha cambiado hasta el momento, pero el sistema político se reconfiguró a partir de la segunda mitad del sexenio de Ernesto Zedillo en pluripartidista, incluyente y tolerante con el fin de fortalecer la toma de decisiones mediante la resolución pacífica de las controversias que surgiesen al interior de la vida nacional.
Empero, esa idea de que México tendría un régimen democrático con división de poderes y estados libres y soberanos se empezó a difuminar en 2018 con la llegada de Morena al poder. La realidad nos dice que ahora somos una nación con un partido de Estado, que asfixia al federalismo, que tiende a la autocracia mediante un sistema presidencialista que minimiza en lo posible a la sociedad civil y que despliega su poder a fin de expandir una sombra sobre algunos medios de comunicación y periodistas. Es cierto que aún gozamos de libertades y derechos humanos, pero la tendencia es el Estado omnímodo. En pocas palabras, el sistema político mexicano ha vuelto a cambiar.
Son muchos los rubros que me preocupan ante el diagnóstico que impera hoy y cuyos escenarios futuros son poco halagüeños. Por lo que me detendré sólo en uno: la falta de reglas no escritas del sistema político de Morena. Me argumentarán que las nuevas reglas son afiliarse a partido oficial, recibir la bendición del hijo del expresidente López Obrador y la aprobación de la presidenta Sheinbaum. a partir de ahí lo importante es recitar sin reflexión, ni sentido crítico y autocrítico las frasecitas del mentor de la presidenta. Por supuesto que no faltará aquella que no argumenta y que ante la falta de ideas debe estigmatizar a quienes piensan diferente de derechista y conservador.
Lo arriba escrito no califica las reglas no escritas de un sistema político. Hoy no sabemos, por ejemplo acerca de: la institucionalidad de las fuerzas armadas y su presencia en instituciones civiles de la Administración pública; tampoco queda claro el papel de la secretaría de Gobernación en las negociaciones con las fuerzas vivas del país; el equilibrio y presencia de México en el ámbito internacional es nebuloso; el aseo político y trato con grupos disidentes violentos y no violentos es errático; la distancia entre el presidente saliente y la actual mandataria despierta sospechas; y, la integración del gabinete pareciera no ser totalmente leal ante la presidenta.
Por supuesto que faltan muchas otras reglas no escritas. Simplemente asenté algunas que considero importantes. Tal vez, como dice el dicho “con el andar de la carreta se asientan las calabazas” y así podamos saber algo más del tema que hoy me ocupa. En vía de mientras, quedan en la indeterminación las nuevas reglas no escritas del sistema político mexicano.

