Enrique Escobedo
En la vida siempre se aprende sin importar la edad, ni el oficio o ejercicio profesional a la que nos dediquemos. El mundo nos arrastra con sus innovaciones y desarrollos científicos y tecnológicos y en ocasiones con gusto y en otras a regañadientes, pero nos subimos al tren del progreso. Por ejemplo, hace unos cuantos lustros las revistas eran de papel. Hoy prácticamente todo se hace por computadora, con la formidable excepción de la redacción del artículo, que afortunadamente exige utilizar nuestras neuronas e imaginación.
De ahí que la actualización o educación continua son una exigencia de la vida moderna. Estar al día en todos los avances es imposible, pero en nuestra esfera de competencia tratamos de ir al parejo del progreso. Algo que se aplica en el arte de gobernar, pues esa esfera abarca al derecho, la economía, la administración pública, las relaciones internacionales y la sociología por decir algunos temas. Es tan importante estar actualizado en el arte de gobernar, que en algunos países la ley obliga a que todas las personas servidoras públicas sin excepción a cursar algunos talleres o diplomados. En México ese principio opera para los mandos intermedios y operativos. Es decir, de director general hacia abajo están obligados a recurrir a la educación continua. Lo cual significa que muy difícilmente los subsecretarios, secretarios y el presidente se actualizan.
Podría pensarse que por las responsabilidades de esos niveles en la pirámide burocrática no tienen tiempo de sentarse diez horas a la semana y acudir a escuchar un ciclo de conferencias o de sentarse frente a la computadora y atender seriamente un curso en línea. Resulta que si se lo proponen y viesen que la actualización es una inversión, todos lo agradeceríamos. El arte de gobernar es tan importante que saber de política no es suficiente. También es indispensable saber acerca de los apoyos técnicos a fin de implementar una decisión. Tal vez el ejemplo más significativo lo vemos en el ten maya. La idea del presidente López Obrador de comunicar al sureste del país mediante un ferrocarril fue eso: una idea, pues los estudios técnicos del suelo, el subsuelo y de impacto ambiental demostraron que la idea del tabasqueño sería muy costosa y que en la relación costo/beneficio era improcedente. Sin embargo, por su terquedad e ignorancia impulsó el proyecto. Lo cual demuestra que es un hombre que no está actualizado en al arte de gobernar, más aún, tampoco se actualizó en economía y relaciones comerciales internacionales. Por si fuera poco, se nota que nunca más en su vida leyó un libro de administración pública. Su vocabulario es semejante al que aprendió en los sexenios de Luis Echeverría y José López Portillo. Su idea del gobierno es de la época de la hegemonía priista que la sociedad rechazó desde el año 2000. Su idea del Estado Benefactor bajo el predominio de las empresas estatales ya es disfuncional; no entiende que del modelo interventor pasamos al regulador. Tampoco ha revisado la relevancia de sustituir políticas de Estado por políticas públicas. Su concepción de la sociedad es que es buena, sabia y que no debe de participar en política más allá del voto. En pocas palabras, es un presidente que se estancó en la década de los años setenta del siglo pasado.
Este año tendremos nueva presidenta. No sé qué tanto sabe de derecho, de economía, de relaciones internacionales y de administración pública. Algo aprendió sobre la macha, eso se nota. Sin embargo, tiene la oportunidad de que ahora que renovará y actualizará algunas leyes y reglamentos en materia de administración pública, ojalá se obligue y obligue a sus secretarios de Estado y directores de entidades públicas a tomar cursos de actualización. Algo que le hizo mucha falta a la gestión saliente.

